lunes, 15 de julio de 2013

OCULUS -I

Vamos a echarle una ojeada a la historia de la palabra ojo. Nuestra palabra ojo procede de la latina OCULUM, que evolucionó de la siguiente forma: en primer lugar se produjo la caída de la M final con la conversión de la U precedente en O, de manera que tenemos enseguida ÓCULO. Muy pocas palabras han conservado esta U final latina,  y las que lo han hecho ha sido por influjo de la lengua escrita o culta, más conservadora, por cierto, que la hablada: espíritu, ímpetu y tribu, por ejemplo. 

De esta raíz culta derivan, por ejemplo, el adjetivo ocular; el nombre del médico especialista en el ojo, que en principio se llamó  oculista, aunque se haya impuesto finalmente el término griego menos transparente oftalmólogo, en paralelo con lo que sucedió con el dentista, que prefiere denominarse odontólogo o aun estomatólogo.
De la raíz ÓCULO deriva también el verbo inocular, con el significado habitual de “infundir” algo y, en concreto, de introducir en un organismo una sustancia que contiene el germen de  alguna enfermedad. ¿Cómo se explican este uso de inocular? ¿Qué relación puede guardar con el ojo, que es el órgano de la vista? Al parecer los romanos llamaban OCULUS también a la yema o brote de la viña, por su parecido con la forma del ojo, y de ahí que el verbo inoculare significara ya en latín injertar, porque la forma del injerto recuerda a la del ojo.
Del diminutivo de OCULUM, que era OCELLUM (ojito u ojuelo) en latín, procede nuestro culto ocelo, que es el nombre que damos a cada ojo simple de los que forman un ojo compuesto de los artrópodos, y a las manchas redondas y bicolores que tienen en las alas algunas mariposas, o algunas aves en sus plumas, así como el lagarto ocelado, que tiene en su dorso unos puntos que parecen ojos. 
Las plumas oceladas de color azul del pavo real, los famosos ojos del pavo real, nos recuerdan la historia de Ío, la bella ninfa a la que le echó el ojo Júpiter y de la que se enamoró, convirtiéndola en novilla para protegerla de la cólera de su celosa esposa Juno. Pero ésta la reclamó para sí y le puso como guardián a Argo, una criatura que tenía cien ojos, que no dejaban de vigilar a Ío día y noche. Mientras un par de ojos dormían, los otros noventa y ocho no perdían de vista a la espléndida novilla, atada como estaba al tronco de un olivo. Pero Júpiter la deseaba tanto que envió a Mercurio para rescatarla, quien tocó la lira que acababa de inventar y adormeció con el poder de la música a Argo, el gigante panóptico que todo lo veía, cuyos  cien ojos se fueron cerrando uno tras otro, cayendo en un profundo sueño soporífero. Mercurio decapitó a Argo con su cimitarra y liberó a la novilla.   Pero Juno envió un tábano para atormentar a Ío. El insecto la enloqueció hasta el punto de que Ío se lanzó al mar, que tomó su nombre Ionio (Jónico), cruzó a Asia por el estrecho que se llamó en recuerdo suyo Bósforo (“Paso de la Vaca” en griego), y llegó a Egipto, donde fue venerada bajo la denominación de Isis. La diosa Juno, por su parte,  sentía tanto cariño por Argo que cogió cada uno de sus cien ojos y los fue depositando cuidadosamente en la cola de su ave favorita, el pavo real. Ahora, cien ojos nos miran y nos ven cada vez que un pavo real despliega como un abanico resplandeciente para pavonearse su cola multicolor y ocelada  delante de nosotros.
Contra lo que pudiera parecer a primera vista, el nombre del ocelote, ese mamífero felino americano, no procede del latín OCELLUS, sino de una palabra azteca  que es océlotl y que significa “tigre” en náhuatl, aunque algunas de las manchas de su piel, las que no son rayadas, se asemejan a veces a ocelos.
Otros dos derivados de la raíz culta son monóculo, un híbrido grecolatino (mono- en griego significa único; y óculo, es, como hemos visto, ojo en latín), que designa a una lente correctiva que ajusta la visión de un solo ojo, con forma de luneta circular y aumento; y binóculo, formado con el prefijo latino bino-, que significa ambos, que da nombre a un anteojo con lunetas para ambos ojos, o binocular.
Si seguimos la evolución de la raíz latina ÓCULO, observaremos el fenómeno de la desaparición de la vocal interior átona, que se llama síncopa, en este caso U, lo que hace que se convierta en OCLO; este grupo consonántico CL de nueva creación romance se resuelve en castellano dando origen a una J: OJO, mientras que en gallego tenemos ollo (olho en portugués) y en catalán ull. No siempre sucedió así, pues tenemos palabras como MIRÁCULUM o SAÉCULUM que evolucionaron a milagro y siglo sonorizándose la consonante C en G, pero son la excepción que confirma la regla, y se explican por el influjo conservador de la lengua escrita, perteneciendo estas palabras al registro culto de textos neotestamentarios y considerados sagrados.
Y en relación el ojo tenemos ya las ojeras que son las manchas que salen alrededor de la base del párpado inferior del ojo, el adjetivo ojeroso, con el que calificamos a la persona que tiene ojeras, el verbo ojear que consiste en echar una mirada,  que, como acción que es de ese verbo, se denomina ojeada.
Pero atención: cuando alguien nos mira mal, es decir con malas intenciones y voluntad, decimos que nos tiene ojeriza, odio o rencor, y de ahí deriva probablemente el mal de ojo, que es la acción del verbo aojar; el aojo o aojamiento, que de ambas maneras puede decirse en nuestra lengua,  es producir un influjo maléfico que, según se cree sin mucho fundamento, como sucede con todas las creencias, una persona puede  ejercer sobre otra mirándola con malos ojos. Sin embargo, el enojo que nos produce algo, es decir, el fastidio y pánico, es la acción del verbo inodiare, inspirar asco o terror y tiene más que ver con el odio que con el ojo.
Mirar a alguien de reojo o con el rabillo del ojo quiere decir en principio mirar disimuladamente, sin volver la cabeza pero también tiene una connotación de hostilidad o enfado, cuando no de superioridad, sobre todo mirar por encima del hombro.
Sí que debemos de mencionar el ojal, como se denomina a muchos agujeros y en especial los que sirven para abrochar un botón, y el ojete, que suele ser una abertura pequeña y redonda por la que se mete un cordón y que familiarmente se usa para referirse al orificio del ano u ojo del culo. En México se utiliza ojete como sinónimo de persona tonta, idiota o extremadamente estúpida, algo parecido a lo que sucede en inglés con arsehole o asshole en su versión norteamericana, con un claro valor despectivo: ese tipo es un ojete.
Curiosa es la palabra antojo, que significa que algo (más propiamente la idea de algo que la cosa) se nos pone ANTE OCULUM delante de los ojos y por lo tanto lo deseamos y aun lo codiciamos, porque se nos antoja, aunque a veces sea un deseo pasajero y caprichoso, así somos de antojadizos. Un compuesto de esta palabra es trampantojo, para referirnos a la trampa o ilusión con que se nos engaña haciéndonos ver lo que no vemos.
Tenemos también el anteojo, que no hay que confundir con el antojo, que es el nombre que se da a un instrumento óptico que nos acerca las imágenes de los objetos que están lejos.
También es curioso el término abrojo que procede de la contracción de la expresión latina APERI OCULUM ¡abre el ojo!, como si fuera una advertencia a alguien que va a pasar por un terreno o a segarlo  lleno de zarzas y bardas, es decir, de maleza perjudicial para los sembrados y caracterizada por sus púas, o sea, de abrojos, que en sentido figurado significan penalidades y sufrimientos. 
Muchos compuestos comienzan por oji- (ojinegro, ojialegre, ojituerto, ojigarzo…) y aluden a alguna característica del ojo: color, expresividad, etcétera. El último de ellos, ojigarzo, quiere decir que tiene los ojos de color garzo, es decir, azulados, como el de la siguiemte imagen:
En cuanto al simbolismo del ojo en la mitología, tenemos en Grecia a los cíclopes, gigantes de un solo ojo situado en la frente, que moraban en las entrañas de la tierra y ayudaban a Hefesto en la fragua del Etna, y no despreciaban la carne humana como alimento. El cíclope más conocido fue Polifemo, hijo de Posidón, o de Neptuno si se prefiere su advocación romana,  que personifica como ninguno las fuerzas primigenias de la naturaleza. Cerca de él habitaba la ninfa Galatea, de la que se enamoró perdidamente el gigante, pero ella prefirió al pastor Acis, que murió aplastado por una roca que le arrojara Polifemo. Nuestro gran poeta barroco y culterano don Luis de Góngora cantó sus desgraciados amores, haciendo uso de la metáfora y del hipérbaton con indudable maestría:
Un monte era de miembros eminente
Éste que –de Neptuno hijo fiero-
De un ojo ilustra el orbe de su frente,
Émulo casi del mayor lucero…
Más tarde, Odiseo/Ulises burlaría a Polifemo, cegando su único ojo tras clavarle una estaca en él mientras dormía.

En la mitología cántabra tenemos un equivalente suyo, que sería el Ojáncano u Ojáncanu, cuyo nombre propio alude a la unicidad de su enorme ojo. Representa este ojáncano  la maldad y la brutalidad de la barbarie. De carácter salvaje, fiero y vengativo, esta criatura de cabellos rojizos habitaba en las grutas de los parajes más recónditos la Montaña, cuyas entradas suelen estar cerradas con maleza y grandes rocas.
El único ojo u ojazo de estos seres monstruosos, los cíclopes como Polifemo en la mitología griega o el ojáncanu en la de Cantabria (ya se sabe que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey), simboliza de alguna manera la irracionalidad de la visión monocular. Es como si ese ojo les proporcionara sólo una visión parcial, animal, pero les faltara la visión binocular humana, intelectual o reflexiva y complementaria, la que  se obtiene mediante la participación de los dos ojos y funde en una percepción única las sensaciones recogidas por ambas retinas. La monstruosidad de estos seres no se debe a que sean tuertos, es decir a que tengan visión sólo por un ojo, sino a que ese ojo ciclópeo, esto es ojo en forma de rueda,  está situado en mitad de la frente, fuera del lugar destinado por la naturaleza.
La visión que completa nuestra percepción humana y que de alguna manera la trasciende es en Asia el llamado tercer ojo, un ojo simbólico, clarividente y omnividente que se abre en la frente, para lo que es preciso muchas veces cerrar los otros ojos.
Pero ojo al Cristo,  que es de plata, como suele decirse: el ojo único es también un símbolo muy importante en la iconografía de la fe cristiana: es el ojo de Dios omnividente que todo lo ve, metido en un triángulo equilátero, que representa el número tres y es el emblema de la Sagrada Trinidad: un Dios que es uno y a la vez trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En los versos de Góngora ya se equiparaba el ojo de Polifemo al mayor lucero, es decir, al astro rey de nuestro sistema solar. Y en la tradición politeísta grecorromana existía un dios –uno y masculino- llamado a ser el unus deus monoteísta de las religiones judía, cristiana y musulmana que han triunfado en nuestro mundo: era Zeus,  o Júpiter en su versión romana, a quien el poeta Hesíodo en Trabajos y Días, verso 267, uno de los poemas más antiguos de la literatura griega, invoca como “ojo de Zeus que todo lo ha visto y todo ideado”.
Así tenemos por ejemplo el Great Seal o Gran Sello  de los EEUU de América, impreso desde hace más de dos siglos en los billetes de un dólar, en el que los americanos estampan su fe en Dios: in God we trust,  que sugiere que la moderna epifanía o revelación de Dios es precisamente el Dinero.
Nuestro don Antonio Machado dejó escrito en sus Proverbios y cantares esta reflexión sobre el ojo: El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas:/ es ojo porque te ve. Es una invitación a mirar las cosas con otros ojos, es decir, no con las ideas previas que tenemos de ellas, sino olvidándonos de los nombres con los que las designamos. Como dijo Paul Valéry en alguna parte: ver es olvidar el nombre de las cosas que uno ve: no sólo nosotros tenemos ojos, también las cosas tienen ojos con los que nos ven.

lunes, 17 de junio de 2013

PES PEDIS


Vamos a meternos ahora con la palabra “pie”, que procede de la latina “pedem”, cuya raíz, una vez desprovisto el vocablo de su desinencia, resulta ped-. Espero no cometer ningún traspié, en cuyo caso mereceré un puntapié en salva sea la parte. Tendré cuidado de no meter la pata, ni la pezuña, palabra esta muy castiza, como demuestra su españolísima eñe, y que se acredita como procedente de pedis ungula, o lo que es lo mismo “uña del pie”. No voy a buscarle los tres pies al gato, que no los tiene, por supuesto, ni los pieses tampoco, que no hace falta marcar más de lo conveniente el plural, pero sí trataré de andar con pies de plomo y no de barro, y con cuidado de no tropezar. Así que vamos a hacer como si fuéramos pioneros, antiguo peoneros o soldados de a pie, y vamos a explorar el intrincado bosque de la etimología que nos deparará algún hallazgo sorprendente. Iniciamos nuestra expedición sin el impedimento de la mucha impedimenta, valga la redundancia, o mucha carga de bagajes que nos impida (o empezca o empedezca, con voces más castizas y que también derivan del propio pie) caminar. Y es que debemos ir expeditos, o sea sin ataduras que nos estorben o impidan la marcha de nuestros pasos, sueltos. Así pues, empezamos esta carrera pedestre campo a través con los pies, que es como empiezan las carreras, apoyándonos en nuestras dos extremidades inferiores, que por algo somos bípedos. Si fuéramos cuadrúpedos podríamos correr más apoyándonos sobre cuatro extremidades, como hace, por ejemplo, el guepardo, que dicen que es el cuadrúpedo más veloz., pero tenemos que conformarnos con los dos pies que tenemos. Si queremos ganar velocidad, podemos utilizar algún vehículo como la bicicleta, en el que podemos pedalear utilizando el pedal. Deberíamos subir a su inventor el alemán Karl Drais a un pedestal o podium, o lo que es lo mismo con palabra más patrimonial nuestra, a un poyo, que es un banco de piedra, o punto de apoyo para los pies, o, ya puestos, a una peana, como si de un santo se tratara, por haber inventado un vehículo tan sano y respetuoso con el medio ambiente como es el velocípedo, que tal fue el primitivo nombre hoy en desuso de la bici. En la antigua Roma se llamaban pédites a los soldados de infantería o soldados de a pie, frente a los équites, caballeros o soldados de caballería, mucho más nobles, de más rancio abolengo y de mucho más ringorrango, o sea, con cierto pedigrí. Curiosa palabra esta que los ingleses escriben pedigree pero que procede del francés pied de grue, o sea, pie de grulla (del latín grus). Al parecer, los criadores ingleses de caballos escribían en los registros genealógicos una marca formada por tres pequeños trazos rectilíneos, muy similar a la huella de una grulla, por lo que la expresión pied de grue, filtrada por el inglés pedigree, se utilizó para designar el árbol genealógico de un animal de pura sangre, lo que ahora decimos pedigrí en la lengua de Cervantes. . De ahí que, volviendo a los pédites, viene la palabra “supeditar”, que en principio significaba “proporcionar”, según el maestro Corominas, y más en concreto “enviar tropas de infantería, o sea, de a pie, como refuerzo”, pero que se reinterpretó como sinónimo de poner las cosas, “sub”, o sea bajo nuestros pies, que es como la utilizamos ahora cuando decimos que hay que subordinar o condicionar una cosa a otra, aunque sin olvidar el significado de dominar, sojuzgar o avasallar con violencia. No nos olvidemos de los pedicuros que son aquellos que tienen por oficio cuidar de los pies, extirpando o curando los callos, por ejemplo. Ni nos olvidemos tampoco de aquellos cristos del poco poder o autoridades de poca monta que eran los alcaldes pedáneos, así llamados porque su autoridad se restringía a aldeas, pedanías o núcleos pequeños de población cuya extensión podía recorrerse a pie en un día. Aunque hay algunos que no se apean nunca de su automóvil y que por lo tanto sólo utilizan los pies para pisar el embrague, el acelerador o el freno, y que como consecuencia de eso tienen que pagar el peaje o derecho de paso o tránsito por las veloces autopistas, todos somos, los conductores de autos también cuando se apean del vehículo que los conduce, peatones, peones camineros que pagamos las peonadas o peones de los otros, o sea pédites, en el enorme tablero de ajedrez de días blancos y días negros que es el mundo. 
El artículo está tomado de aquí

sábado, 15 de junio de 2013

curso de latín


cursoLatinCCC-10 by pem_igos_

Manus -us


Vamos aquí a meter mano a una cosa, o, mejor dicho, a una palabra, que no es lo mismo. Vamos a meter mano a la palabra "mano". Espero, eso sí, que no se me vaya la cosa de las manos.   Aquí, por lo tanto, sólo va a haber palabras, cuyo intercambio es el más noble que puede haber entre los seres humanos. Aunque no van a estar todas las que son, porque muchas, fugitivas,  se me van a ir de las manos,  procuraré que por lo menos todas las palabras que estén vengan del mismo tronco común, de la misma mano, haciendo una cuidadosa criba o  manicura. Espero, ya que meto la mano, no meter la pata.

La palabra "mano" viene del latín "manus", y es femenina, no por nada, sino porque conserva el género gramatical que tenía en la lengua madre del Lacio, y por eso decimos la mano, y no *el mano, algo que sorprende a primera vista a los extranjeros que aprenden la lengua del manco de Lepanto y que se acostumbran enseguida a la regla de que los sustantivos que acaban en -o son masculinos, sin tener en cuenta esta excepción que confirma la regla.
 Conque no se inquiete nadie. No vamos a llegar a las manos de verdad,  no vamos a pelearnos con las dos extremidades superiores, la izquierda,  zurda o siniestra, y la derecha o diestra, ni va a llegar la sangre al río. No vamos a levantarle la mano a nadie ni a darnos de manotazos, manotadas, mamporros y mamporrazos. Simplemente vamos a darle un buen meneo a la palabra "mano".  Pero no vamos a hacer como los mamporreros, que se dedican a dirigir el miembro del caballo a la vulva de la yegua para facilitar la operación de la monta en el acto de la generación, lo que se ha convertido en un insulto habida cuenta de que no se necesitan demasiadas luces ni formación profesional para llevar a cabo algo que el caballo suele desempeñar sin dificultad por sí solo. De ahí que se denomine mamporrero por extensión a la persona que hace el trabajo sucio generalmente a un superior jerárquico utilizando medios ruines, rastreros y las más de las veces inconfesables.

Pero tampoco vamos nosotros aquí a propinarnos mandobles, que son los golpes y aun los navajazos, puñaladas o cuchilladas que nos da a veces la vida, la peor de todas las maestras, con el arma blanca, cuchillo, puñal o navaja, que tenga a mano y empuñe con doble mano, sino que, por el contrario, vamos a darnos amistosamente la mano, porque conviene hacer las cosas que hagamos de mancomún, es decir de acuerdo, unida- o solidariamente, dado que nos mancomunamos con los demás, formamos una mancomunidad o comunidad de manos
Tampoco vamos a comer con las manos, que es de mala educación, y para eso se inventó la cubertería de los cuchillos, cucharas y tenedores.  Y es que en la mesa hay que guardar buenos modales o maneras, sin caer en el amaneramiento, que es la exageración sobremanera de gestos manuales,  lo que puede hacer que se nos tilde de amanerados. 

Pero en la vida en general hay que tener buena "maña" o habilidad manual e ingenio, para amañar las cosas y que no se nos desmañen,  y ser mañoso en el buen sentido de la palabra, en el sentido de ser un manitas, no un manazas, y no en el de vicio contraído, mala costumbre o resabio, que eso son malas mañas. 
De antemano, muchas son las palabras relacionadas con la mano que nos vienen a las mientes y a las manos y que nos vienen a mansalva, es decir,  a mano salva o a salva mano, o sea, con mucha seguridad, sin gran peligro de equivocarnos,  cuando pensamos en derivados de "manus". Unas nos vienen por tradición manuscrita de los monjes amanuenses,  y las leemos ya impresas en los libros. Otras nos llegan directamente a los oídos.
Las palabras nos vienen en tropel,  a manadas, que eran los montones de hierba o de cereal que caben en la mano cogidos de un puñado, y de ahí el hato de ganado que estaba en poder de nuestra mano, o bajo nuestra responsabilidad. Otras veces las palabras vienen a manojos, que son los ramos de plantas o flores que llevamos en la mano. Así que no corremos el riesgo de quedarnos manicortos ni maniatados ni manituertos ni manirrotos, sino más bien manilargos a la hora de citar algunas.
Son las palabras como piezas de mampostería , o sea, como mampuestos, que así se llaman a las piedras colocadas a mano, que encajan perfectamente dentro del engranaje de un edificio, y, en nuestro caso, de un texto. Procuraremos que ninguna nos quede a desmano o a contramano, aunque  sean de primera, segunda o tercera mano.
En otro orden de cosas y de palabras, no es lo mismo, por ejemplo, la mano de obra, generalmente barata, del obrero de la construcción que está con las manos en la masa y  la manufactura, que la maniobra del gobierno,  que es la reforma laboral que abarata las pensiones y alarga la vida laboral de los contribuyentes en detrimento del júbilo de la jubilación, cada vez más lejana e inalcanzable como un trampantojo.
No hace falta que nadie nos lo mande, es decir que lo ponga en nuestras manos para que dejemos de hacer lo que está mandado, y cumplamos los  mandamientos del decálogo, como Dios manda. En este mundo, tanto en la sociedad civil como en el estamento militar ya hay demasiados mandatarios, mandamases democráticos o no, mandos y comandos, comendadores, que por mi mal los vi, comandantes, demasiados y demasiadas mandones y marimandonas, por desgracia, porque tanto monta Isabel como Fernando, sin que importe ya mucho de verdad el timbre masculino o femenino de la voz de mando
Porque es manifiesto ya que está en nuestra mano comprobarlo y está claro, como dice el pueblo llano, que los que mandan tienen la sartén por el mango, y que donde hay capitán no manda marinero, aunque también es verdad, por cierto, que los que mandan por activa son por pasiva los más mandados.
Aunque a veces presentemos alguna demanda, nos dejamos manipular y manejar, y nos encomendamos y amansamos, es decir nos hacemos mansos o lo que es lo mismo acostumbrados a la mano que nos da de comer como estómagos agradecidos que somos y habituados al poder de nuestro dueño, y lo hacemos  con rutinaria mansedumbre, aunque a veces cometamos algún desmán, y nos desmandemos, o soñemos al menos con nuestra emancipación.
En la antigüedad un esclavo podía ser manumitido, es decir, liberado y convertido en liberto y aun en libertino, si rompía todos los lazos con su antiguo dueño. La manumisión era un acto jurídico por el que un siervo dejaba de estar bajo el poder de su amo,  dejaba de estar "mantenido", de estar en manos de alguien y bajo su manutención, y podía moverse libremente: se emancipaba, es decir, dejaba de ser un mancebo en el sentido antiguo de la palabra, donde valía por "esclavo". Aunque podía muy bien amancebarse y practicar el amancebamiento, que es el trato sexual entre hombre y mujer no unidos por matrimonio, unión que no era bendecida por la iglesia ni por el Estado, siendo la mancebía sinónimo de prostitución y también, aunque parezca mentira, que no lo es, de juventud, porque los mancebos, como los mozos de botica, eran siervos jóvenes.

En ese sentido hay que decir que la mujer estaba bajo el poder de su padre o de su marido. Era por eso por lo que los pretendientes pedían la mano de las pretendidas, que pasaban de la mano, o sea del poder, del padre a la mano o poder del esposo.
Y para no guardarnos ningún as bajo la manga, que es lo que cubre la mano, citaremos también el manoseo, la manguera, y la manopla, esa suerte de guante o pieza de la armadura antigua, con que se guarnecía la mano, la discutida masturbación o acción de procurarse goce sensual a solas con las manos, si aceptamos la conjetura de que masturbatio procede de manustupratio o manusturbatio y no, más improbable, de magis turbatio,  el manillar, esa pieza de la bicicleta encorvada por sus extremos que forma un doble mango en el que se apoyan las manos,  la manivela, manija o manubrio  y las manecillas diminutas del reloj, maldita sea la hora en que se inventó; con lo bien que vivíamos sin él y sin las prisas que  nos mete.
Los que hacen a dos manos son los que mejor se desenvuelven,  sobre todo si tienen algo importante entre manos y pueden atenderlo con entrambas manos, ambidiestros que son, porque no carecen de mano izquierda, o dicho de otro modo, tienen buena mano, o mano de santo, y no están dejados de la mano de Dios.

Y si bien Poncio Pilatos se lavó las manos, no fue por razones de higiene, sino por desentenderse del asunto de capital importancia que se traía entre manos.
También se ha dicho mucho que manos blancas no ofenden. La blancura era en tiempos pasados un signo no sólo de candor e inocencia, sino sobre todo de belleza,  y la belleza,  atributo definitivo de las mujeres. Con lo de manos blancas se aludía a las carrilladas "inofensivas" que podían propinar las mujeres a los hombres cuando se sobrepasaban con ellas, bofetadas que no ofendían.

 Por otra parte,  Jean Paul Sartre, el filósofo existencialista,   no sólo no se lavó las manos como Pilatos, sino que además decía que había que comprometerse y ensuciarse las manos, olvidándose a veces de consideraciones morales. Decía que había que mancharse las manos, y que no había que avergonzarse de tener las manos sucias si era preciso, y era preciso emporcárselas sobre todo cuando uno se dedicaba profesionalmente a la política.
El artículo está tomado de aquí