sábado, 22 de septiembre de 2012

Concepción y Concha

El hipocorístico, o nombre cariñoso y familiar, de Concepción, Concha, tiene una historia curiosa. De hecho, surge de un error. Llamar "Conchas" a las "Concepciones" procede de una mala interpretación. En Italia empezó a llamarse a las muchachas nacidas el día dedicado a la Inmaculada Concepción con el nombre de Concepta, término latino que en italiano se pronuncia Conchetta, y que se pronunciaba a la italiana en lengua valenciana. Así empezó a llamarse a las Marías de la Concepción María Concepta < Conchetta. Al pasar la costumbre a Castilla, los hablantes castellanos supusieron que Conchetta era diminutivo de concha, error del que nació ese nombre. A crear tal confusión contribuyeron también los pintores y escultores que representaban a la Virgen naciendo de una concha, como una nueva Venus. Hay que decir, de paso, que la advocación mariana que celebramos en la actualidad se refiere a la concepción de María en el vientre de Santa Ana, su madre, concepción que de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia se haría sin mancha, sin mácula: inmaculada, es decir, no dañada por la secuela del pecado original. Por lo tanto, nada tiene que ver esta "concepción" con la de Jesús en el vientre de la Virgen María.

* Tomado de Celdrán, Pancracio: Diccionario de Manías y Superticiones, Edit. Viceversa, Madrid, 2011 pág. 126

Inmaculada Concepción de Murillo

domingo, 22 de julio de 2012

Diez cosas que hay que saber del latín

Diez cosas que es posible que no sepas sobre el latín:
  • 1. El latín pertenece a la familia de lenguas indoeuropeas, también llamadas indogermánicas. El indoeuropeo es una lengua hipotética, de la que no quedan residuos ni documentos escritos, aunque casi todos los lingüistas coinciden en que existió y tuvo su origen en el valle del Indo, en la lejana India. Se han hecho incluso esfuerzos por reconstruir dicha lengua, tomando palabras semejantes en cada uno de los idiomas descendientes de ella (alemán, inglés, griego, latín, etc.) y aventurando un término originario de ellos. Para tal tarea se suele echar mano de términos que raramente son sustituidos por otros y que están presentes en todas las lenguas desde tiempos inmemoriales, como “padre”, “pan”, “caballo” y otras. Estas palabras suelen resistir fuertemente los cambios e influencias de otras lenguas porque son utilizadas desde el principio de las civilizaciones y sus hablantes se resisten a cambiarlas por otras, ya que las usan a diario. Un estudioso llegó a reconstruir un cuento entero en el hipotético indoeuropeo. En los libros sobre lingüística, las palabras reconstruidas suelen aparecer con un asterisco (*) antepuesto.
  • 2. El latín debe su nombre a que tuvo su origen en el Lacio, llamado antiguamente Vetus Latium (“antiguo llano”).
  • 3. Es una lengua sintética, al contrario que el castellano, que es principalmente analítica. Esto quiere decir que para representar los casos o funciones (complemento directo, complemento del nombre, etc.) utilizaba la flexión, mientras que las lenguas analíticas usan palabras añadidas. Por ejemplo, en latín “rosa” se decía igual que en castellano, pero para decir “de la rosa” debía decirse ROSAE, y para decir “con las rosas” se debía decir ROSIS. En la actualidad sigue habiendo lenguas sintéticas, como lo es en parte el alemán, que sigue teniendo declinaciones.
  • 4. La razón de que la mayoría de las palabras en castellano acaben en -a es que también lo hacían en el acusativo latino (ROSAM). La -M final del acusativo casi no se pronunciaba incluso en tiempos de la antigua Roma mas que en ambientes refinados y cultos. Las palabras derivadas del latín que en castellano acaban en -o tienen su origen en términos latinos cuyo acusativo acababa en -UM. La -m final cayó rápidamente, y el castellano huyó de las terminaciones en -u, como se puede comprobar observando la práctica inexistencia de palabras españolas que acaban en este fonema.
  • 5. Aunque nuestro alfabeto procede del alfabeto latino, hay un par de letras extrañas a él. Una de ellas es la i griega (y). Su aparición se debe a neologismos que se introdujeron en latín procedentes del griego, que era considerado por los antiguos romanos una lengua prestigiosa y más culta que el latín. En la Edad Media, los europeos cultos hablaban en latín; en la época de la antigua Roma, los romanos cultos sabían griego. La i griega procede de la letra griega ypsilón. Por su parte, la eñe tampoco estaba en el idioma de nuestros antepasados culturales. Su origen está en la ene duplicada (LIGNAM>lenna>leña). En la Edad Media, la -nn- se pronunciaba como nuestra eñe. Para abreviar, los monjes que copiaban manuscritos empezaron a poner una raya encima de la ene para indicar que ésta era duplicada, y ese es el origen de nuestra moderna eñe.
  • 6. En latín no existía la letra jota. Las palabras con jota que existen en nuestro idioma proceden normalmente de la i latina, que podía utilizarse en latín como consonante (IOCARE>jugar). Tampoco la u, cuyo sonido se representaba con la V. Esta grafía también podía usarse como consonante o vocal (VOLVO, ROTVLA).
  • 7. La hache se pronunciaba en latín aspirada, de forma semejante a como se hace hoy día en inglés. Se supone que el paso de la aspiración a la ausencia de sonido se debe al influjo del euskera, que desconocía el sonido de la efe. En las zonas de habla vascuence se aspiraba la efe, y para evitar la confluencia de dos grafías distintas en un mismo sonido, la hache perdió el suyo. Como el dialecto castellano, que fue el que se impuso en la Península, procede de zonas muy próximas al País Vasco, la pérdida de sonido de la hache se hizo norma general.
  • 8. El Imperio Romano no fue latinófono en su totalidad. Cuando se dividió, el Imperio Romano de Oriente (también llamado Bizancio) usó el griego como lengua oficial.
  • 9. Debido a su amplia extensión geográfica, a la influencia de las lenguas existentes anteriormente en los territorios donde se impuso, a su larga duración en el tiempo y a otras causas, el latín comenzó a hablarse de forma distinta en diferentes regiones, es decir, a dialectalizarse. Con el tiempo, los hablantes de los distintos dialectos latinos llegaron a ser incapaces de entenderse entre ellos: habían nacido las lenguas romances. Hay gente que considera las modernas lenguas románicas hijos bastardos y corrompidos del latín, pero si esta teoría fuese aceptable, también podríamos considerar al latín un hijo bastardo del indoeuropeo. Las lenguas simplemente van cambiando sin parar hasta que llegan a ser algo distinto.
  • 10. De las muchas lenguas distintas que surgieron de nuestra lengua madre, hoy sobrevive aproximadamente una decena, entre las que están el rumano, el catalán, el francés, el portugués, el gallego y por supuesto, el italiano. Muchos lingüistas consideran el gallego, el portugués y el brasileño dialectos de la misma lengua, como lo son el español de América, el andaluz y el canario; y el catalán, el valenciano y el balear. Todas las lenguas oficiales en España, excepto el vasco, proceden del latín (y algunas hablas no oficiales que algunos consideran lenguas, como el bable asturiano). El vascuence existía en la Península antes de la llegada de los romanos a ella, al igual que otras lenguas, como el ibérico, pero es la única que ha sobrevivido. Su origen y filiación sigue siendo un misterio, aunque hay quien ha querido ver en ella al antiguo ibero, pero la verdad científica es que se desconoce su remoto origen.
Y de propina:
  • 11. El latín que se estudia en los libros de texto no es el que se hablaba en la calle, ni el que dio origen a las modernas lenguas románicas. El latín de los textos de Cicerón, Julio César, Salustio y otros grandes de la literatura antigua era un idioma muy estilizado, regido por las estrictas normas de la retórica, que era un arte y una ciencia muy respetada por los habitantes de la vieja Roma y en el cual nadie ha sabido igualarles. Nuestro idioma, como todos los romances, proviene del llamado despectivamente latín vulgar, que era lo que hablaba la gente corriente, los comerciantes, soldados, etc. que eran quienes poblaban los nuevos territorios conquistados, que a menudo contaban con un porcentaje de población irredenta y eran más peligrosos que la capital del Imperio, lugar donde se quedaban los políticos que escribían los discursos.
  • 12. Aunque la mayoría de los textos conservados de esta lengua son obras literarias o retóricas, quedan testimonios del latín vulgar en lugares como Pompeya o Herculano, ciudades sepultadas por volcanes y que se han conservado prácticamente intactas hasta épocas relativamente cercanas. En las paredes de estas ciudades se pueden leer numerosos graffittis, que escribían sus habitantes normalmente para burlarse o difamar a algún vecino con el que tenían enemistad. En dichas pintadas son frecuentes las palabras malsonantes y los términos despectivos alusivos a los órganos sexuales.
  • 13. En latín no existían las letras minúsculas.
  • 14. En la actualidad (año 2012) el latín es la lengua oficial del Estado Vaticano, junto con el italiano. 
       El artículo está tomado de LA LENGUA

domingo, 15 de julio de 2012

Soneto con expresiones latinas


Yo parto del latín ora et labora
para hacer ab initio este soneto.
A dura lex sed lex hoy me someto
y a divide et impera desde ahora.

Beatus ille que el verso no desdora;
ecce homo que no es analfabeto,
rara avis, ad hoc y bien discreto:
obiter dicta quede por ahora.

Pater familias yo, es mi alter ego
quien de facto intra muros lo compone
sometido ex professo a este test.

Quo vadis?, me dirán por este apego,
y yo sigo erga omnes que se opone;
puedo decir que consumatum est.

Esta tomado del blog  EL SONETO DIARIO

viernes, 13 de julio de 2012

sábado, 26 de mayo de 2012

MAGISTER Y MINISTER


            Desgraciadamente la evolución de las palabras a veces nos juega malas pasadas. La palabra "maestro" tiene un noble antepasado etimológico: "magister". A su vez esta palabra es un derivado de "magis" como adverbio y "magnus" como adjetivo. O sea, "grande", "más". El maestro era el que sabía más y por ello era digno del mayor respeto; se convertía así en autoridad. Esa autoridad no tenía por qué reflejar una recompensa dineraria directa, pero su posición social, relevancia e influencia en el mundo clásico y hasta hace bien poco tiempo era algo evidente.

            El contrario de "magis" es "minus" o "minor", que como se puede deducir se traduciría por "menos". El que es menos es el servidor de todos, es el que se rebaja para el bien de la comunidad a la que sirve. Ese es el "minister", de donde deriva la tan poco reputada palabra "ministro".

            Mucho han cambiado las cosas desde que evolucionaron estas palabras. Ahora sonreímos comprensivamente cuando oimos que un ministro era un servidor público o que el maestro era una autoridad social. Sin embargo, creo que en ambos casos debemos plantearnos por qué eso que parecía tan lógico a nuestros antepasados a nosotros nos remite como mucho a un sentimiento noble, nostálgico e incluso utópico, pero a poco más.

            El maestro en el mundo occidental no tiene la reputación que tenía antes. La educación es gratis y el maestro está infravalorado. Dentro de los estudios superiores Magisterio ha sido la salida para aquellos que se "conformaban" con una diplomatura, de ningún modo equiparable a los estudios que te ponían en situación de ofrecerte una posición social bien remunerada. Solo los estudiantes muy vocacionales permanecen como un reducto del buen hacer del maestro, contra viento y marea.

            Los otros maestros, los padres, también han renunciado al oficio. Los padres, no todos, han optado por convertirse en animadores sociales y su función en los colegios se limita a vociferar, gritar a los maestros, prescindir de su autoridad, y culpar a otros de los fallos de sus hijos y de ellos mismos. Una minoría de padres quieren ser educadores de sus hijos, conscientes de que esa es una labor principal que no puede ser delegada ni siquiera a los mejores colegios que, en todo caso, serán meros colaboradores de la educación que quieren los padres. Cuando no se han tenido maestros en casa es muy dificil reconocerlos fuera.

            Por su lado, aquel servidor de la comunidad, el ministro, como oficio, también ha caído en el descrédito, ya que el "cursus honorum" ha dado paso a la mediocridad, cuando no a la ignorancia. El poder, decía el católico inglés Lord Acton, corrompe, y lo ha hecho incluso con una de las palabra con las que se personifica. El que debería ser el servidor de todos se ha convertido en el "dirigente" (palabra odiosa), el que retuerce la realidad a su conveniencia política o "educa"desde el poder considerando al resto de ciudadanos, sus iguales, como simple masa manipulable.

            Me pregunto: ¿se ha quedado el lenguaje tan obsoleto que el significado histórico de las palabras ya no tiene importancia, hasta tal punto que significan cosas contrarias a lo que deberían? ¿no será que las palabras siguen significando lo mismo y que los que hemos cambiado hemos sido nosotros?

Carlos Segade
Profesor del Centro Universitario Villanueva